BAJO UN CEREZO (Un cuento en cinco partes)

Ilustración del Samurái de una sola pierna en Bajo un Cerezo, de JuanMo Giménez y Galatea (2026)

BAJO UN CEREZO

Un cuento filosófico

en cinco capítulos

de JuanMo Giménez

CAPÍTULO I – FUERZA
Esta es la historia de un samurái que desde su juventud quedó herido de una pierna, y desde aquello una cojera le acompañó por siempre. Habiendo compartido tiempo con su maestro, este le indicó que debía equilibrar su cuerpo para poder encomendarse correctamente al bushido y finalmente pasar de una espada de madera a una espada forjada. Todas las mañanas se levantaba antes del amanecer para ejercitar su pierna y entrenar el noble arte de la espada. Repetía los movimientos una y otra vez. Pasó el invierno y vinieron los veranos. El joven todos los días preparaba su pierna con una venda y entrenaba con gran ánimo los movimientos con su sombra.
Una mañana otro aprendiz le preguntó a su maestro —¿Cómo puede hacerlo? Se acuesta tarde meditando y madruga mucho. No descansa. ¿Cómo puede hacer esos movimientos un cojo?
Y el maestro, le dijo sereno —Fuerza.

CAPÍTULO II – HONOR
El joven samurái entrenó día tras día. Escuchaba a su maestro, y veía caer el sol mientras meditaba sobre sus consejos. Una noche, mientras memorizaba un haiku, otro aprendiz le dijo —sabes, hay en la ciudad un curandero que podría curarte esa pierna, pero es muy caro —sugirió mientras bebían el té —El maestro confía mucho en ti, teniendo sus llaves podrías coger dos de los pergaminos, tiene muchos, y podemos venderlos. Yo me quedaría con la mitad y tú podrías enderezar tu tullida pierna —En ese momento el joven samurái sacó su espada de madera y desafió a su compañero, en un movimiento algo torpe por su cojera trastabilló —¿Piensas que voy a deshonrar a mi maestro? Yo tengo principios —dijo con gran voz—. He prometido cuidar esta casa y a mi maestro. —el otro samurái se puso en pie —¡Vete de esta casa al amanecer, eres un hombre sin honor! Recoge tus cosas, que nadie sepa de tu marcha. Y si no es así, saca tu espada.
El otro samurái retrocedió, no dijo nada. Lo miró con recelo. Se dio la vuelta y se marchó. A la mañana siguiente ya no estaba.

CAPÍTULO III – AMOR
Una madrugada cuando aún la luna era brillante, empezando su entrenamiento de espada, el joven escuchó un alarido proveniente de los campos. Con esfuerzo, se acercó al lugar todo lo rápido que pudo. Al llegar allí y entre las sombras encontró a una niña llorando abrazando a alguien en el suelo. Sacó su espada de madera y aguardó, agudizando su oído. —¿Qué ha pasado? —preguntó —Un bandido nos ha robado en mitad del camino, ha arrastrado a mi madre aquí, ¡está herida, ayúdanos! —dijo la niña tan pequeña. El samurái se dio cuenta de que la mujer tenía unas heridas muy grandes. Ya no respiraba.
Cogiendo a la niña, llevaron el cuerpo de su madre cerca de un cerezo, ese mismo amanecer la enterraron bajo sus flores. Ante la situación, y la soledad de la pequeña, el samurái llevó a la niña junto a su maestro —Maestro, esta niña ya no tiene nadie quien la ame, ha de vivir aquí —el maestro meditaba y dijo —no es buen lugar para una niña tan pequeña, ella debe estar con su familia —Entonces, yo la llevaré maestro, prometo cuidarla hasta encontrar su familia —miró los ojos de la niña mientras decía estas palabras —Mañana, marcharemos.
A la madrugada siguiente el samurái preparó a la niña. Al salir el maestro les esperaba en la puerta, y le dijo —Eres un hombre de un solo pie, no puedes llevar a esta niña con una espada de madera, ya estás preparado. Te llevarás la mía —El samurái se sintió muy sorprendido —Maestro no puedo hacer eso, es tu espada, yo… para mí es demasiado —El maestro lo miró solemne —Llevarás esta espada, y la traerás de vuelta. Te esperaré. Lleva a esta niña a su hogar y luego vuelve.
Lleno de emoción por el acto, y tomando a la niña de la mano partieron por el camino, a la espera de encontrar alguien que los llevase. Paraban para descansar, y, mientras comían, hablaba con la niña, tan dulce y con su sonrisa, preguntaba —¿Y cuál es tu nombre? ¿Y ahora dónde está mamá? ¿Por qué caen las flores? ¿Por qué hay bien y mal? ¿Por qué tienes rota tu pierna? Una mañana cuando se levantó a entrenar sus movimientos de espada, miró a la niña que aún dormía y sintió una emoción muy fuerte que no había sentido antes. Se sintió enérgico y a la vez temeroso ¿podría él salvar a la niña? Conmovido, deseó profundamente que nunca le pasara nada malo. Cogiéndola de la mano siguieron a veces andando y otras en carro acompañados. Y así cruzaron el camino y la primavera. Y así el verano. Y así el samurái de un solo pie conoció el amor.

CAPÍTULO IV – DOLOR
Llegaron lejos, hasta donde la niña pensaba que vivían sus familiares. La pierna del samurái estaba muy dolorida de tanto caminar durante tanto tiempo. Le dolía haber abandonado parte de su entrenamiento por ello. Tras preguntar a algunos aldeanos llegaron a una casa que parecía corresponder con el apellido familiar de la niña. Llegando allí, el lugar parecía inhóspito y poco cuidado. Un hombre salió a la puerta —Discúlpeme, ¿es esta niña familiar suya? Su madre pereció y es su apellido el que ella recuerda, siendo ustedes los únicos familiares que he encontrado —dijo el samurái cansado con la niña de la mano. El hombre tenía una apariencia desgarbada, desaliñado y sucio —¡Una niña, vaya, sí, sí, seguro que sí! Nos ayudará mucho en la casa, podrá cocinar y limpiar. El samurái interpretó todo esto como una mala señal —Es muy pequeña, aún debe ser cuidada antes de ser sirvienta —el hombre se relamió y dijo —Bueno, eso lo decidiré yo, que para eso soy su tío. Ven niña, ven con tu tío—
La niña miró al samurái a los ojos. Con dolor, el samurái asintió. Ella debía quedarse allí. La niña se abrazó con fuerza a la pierna. Con rigidez este le dijo —vete, es tu familia. Con lágrimas soltó su mano y se fue alejando.
Un enorme dolor sintió el samurái. Con la voz de ella alejándose, antes de darse la vuelta, la miró por última vez en su vida. Tomando el samurái su camino marchó despacio, y en mitad de su retorno quedó a meditar en un templo para poner sus ideas en orden. La niña siempre estaba en su mente. Al caer la noche un pensamiento de que algo iba mal le aferraba. La mañana de salir de nuevo cambió de opinión, decidió volver a ver cómo estaba ella y ver si todo era correcto.
El invierno se hizo presente con antelación. Al llegar no encontró a la niña a simple vista. —¿Dónde está la niña? —Pues está muy enferma, la lluvia y el pronto invierno le calaron los huesos y dejó de fregar y cocinarnos, la tenemos en esa habitación.
Al llegar, el samurái vio con espanto y dolor como estaba ella. Totalmente pálida, casi sin vestir, tiritando y muy delgada de no haber comido en días. Con su manto la tapó. Arrodillándose con su cojera, le dio un beso en su frente llena de fiebre. Ella entreabrió los ojos y dijo —papá. —Quedó allí el samurái cogiéndola de la mano.
Esa noche murió.
Lleno de dolor, antes del amanecer la envolvió en su manto, su cuerpo tan pequeño, y en sus brazos se la llevó. Y así día tras día. Entonces encontró un cerezo y cavando la enterró para que así estuviera junto a su madre.
Con demasiado dolor, volvió de camino a casa. Atravesó el invierno. Y llegó a su templo. Al llegar los demás aprendices lo recibieron. ¿Has vuelto a casa? ¡Qué fuerte eres! —Llevadme junto al maestro —pidió.
Uno de los aprendices lo condujo al jardín, el lugar en donde el maestro había escogido que lo enterraran. Con lágrimas se quedó arrodillado, y depositó la espada en la tierra. —Maestro, he vuelto a casa, he aquí la espada —Y así quedó allí meditando junto a su maestro.

CAPÍTULO V – FELICIDAD
Tras muchos meses, el samurái de un solo pie, se quedó allí día y noche. Los aprendices venían y le consultaban a él. En su sabiduría, muchos ya le llamaban a él, el maestro. Con el paso de los meses controló su ira y duelo interior. Muchos venían a preguntarle ¿Qué es el cielo y el infierno? ¿Cómo superar el dolor? ¿Cómo afrontar una pérdida? ¿Qué es el amor maestro? ¿Cómo ser justo? ¿Cómo ser un hombre fuerte? ¿Cómo es tener honor? Y así, alcanzó un distanciamiento, una serenidad y quietud interior. Ahora estaba en la brisa, en el canto del pájaro, en la bruma de la mañana, en la luna de la noche. Un día, ya mayor, su mejor discípulo le preguntó —Maestro, ¿Qué es la felicidad? He aquí la felicidad, ven, voy a contarte la historia de un samurái y una espada de madera: Esta es la historia de un samurái que desde su juventud quedó herido de una pierna…


JuanMo Giménez

Este relato fue presentado al concurso de cuentos y certamen literario de Pinos Puente (Granada)

sin jamás recibir contestación alguna.


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